... y pico.
Porque, como a cualquier adolescente, la inmadurez me persigue adonde quiera que vaya y cual sombra fiel. Pasan los años y no consigo espantarla. Terminé todo lo que quise estudiar (Ok!: terminé la etapa en la que quise estudiar algo), me ilusioné, me equivoqué, me enamoré, me casé, tuve un hijo (felizmente lo puse en ese orden Uff!), inicié un negocio que más parece una justificación y que tampoco termino de tomar en serio, en fin, me pasaron cosas; eso podría dar indicios de un acercamiento a esa vaina que se llama madurez pero ... no pues, nunca es suficiente.
El mundo es impaciente con los inmaduros. Cuando somos padres decimos: "¡¿cuándo vas a madurar?!" sí, esas mismas personas que en presencia de otros padres confesamos que quisiéramos que nuestros hijos nunca crezcan, que sean siempre los mismos niños que iluminan nuestras vidas y a los que hay que fregarles las suyas.
Cuando somos pareja le aceptamos todo al otro, todititiiito pero que ni se asome un resquicio de inmadurez porque "eso" es inaceptable, osea: engáñame, humíllame, azótame, pero como adulto, caracho! Cuando somos mayores la cosa se pone peor, apenas toleramos los síntomas de inmadurez en los jóvenes y sencillamente no los soportamos en nuestros contemporáneos Aaagh! huácala!
No hay nada peor que la mirada de desprecio de alguien que, instalado en la cúspide de su vida (se supone que ese es el rango de edad al que pertenezco, con todo controlado: profesión, estatus, prole y demás hierbas) te lanza cuando dejas entrever los hilos de tu inmadurez en su presencia. Nunca te sientes tan incomprendido, tan torpe, tan solo.
¿Por qué la madurez en los jóvenes es tan bien vista mientras que la inmadurez en los adultos es tan despreciable? ¿por qué debiéramos tenerlo todo bajo control cuando somos grandes? ¿por qué no inspiramos siquiera ternura? (Aaaay!)
Quisiera pensar que todo es un malentendido, que la velocidad de la vida hace que seamos incomprendidos. Los inmaduros no somos esos bobos que se niegan a crecer y aceptar responsabilidades de gente grande (Ok! ... un poco!) , los inmaduros somos personas en proceso.
En algún momento nos llegará la hora pero nada nos impide engolosinarnos en este instante, quedar absortos en la antesala.
Si lo irremediable es la madurez ¿por qué no saborear leeentamente el precioso proceso que nos llevará a ella?
"Los hijos te harán madurar" ¿cuántas veces hemos escuchado eso?. Yo tengo un hijo y ni por equivocación veo rastros de madurez en mi, a lo más: sentido común y en la medida justa para hacer de mi la madre que todos tienen y que nadie quiere (bueno, ¡ni tanto!). Al fin y al cabo, todos hemos sufrido las torpezas de nuestros padres al criarnos (¡algunos hasta crueldades! felizmente no es mi caso) todos hemos sido hijos de alguien en proceso, y eso no nos ha impedido crecer, vivir, amar. ¡¿Quién en esta vida no tiene problemas derivados de la inmadurez de sus padres al criarlos?!
Todo esto porque se acerca mi cumple y con ello la avalancha de pliegos de reclamos (¡ojalá fueran regalos!) que me hago a mi misma desde el otro lado del espejo (el lado más aburrido del espejo, dicho sea de paso) ¿será que me estoy haciendo mayor y por eso mismo ya no me soporto? Contra! y recontra! (por si las dudas).
Es que, en el fondo de mi alma ... ¡yo no quiero crecer! (esto ya parece el manifiesto de la gemela malvada de Peter Pan) y me niego a aceptar la madurez como regalo de cumpleaños Noooo! (yo quiero más botas, carteras, ropa estupenda que haga juego con mi estilo de vida: tan lindo, tan simple, tan banal) ... aunque, pensándolo bien, si quiero un regalo (es un decir: ¡quiero cientos!) un regalo muy especial que me haría la vida más fácil:
Dejar de cumplir años (¡sin tener que estar muerta!) y descubrir el jodido modo de ser tan inmadura como quiera sin tener que verme tan, pero tan, ridícula.
jueves, 10 de septiembre de 2009
jueves, 3 de septiembre de 2009
Sin talento para eso ...
... tampoco!
Estoy inútilmente marcando su cel para saludarlo después de haberme adelantado ayer. Es que recién hoy es su cumpleaños y ni cuenta me dí, marqué su cel y él, tan lindo, agradeció mi saludo seguramente pensando que peor es nada. Y se supone que es un gran amigo mío, yo, que casi no tengo amigos.
En realidad lo raro sería llamarlo el mismo día; nunca la achunto con mis amigos. Una cuenta pendiente, al parecer de por vida. Si en algo soy buena, es en fallarle a mis amigos.
¿Será que la superficialidad, mi leal compañera, me impide mantener unos, siquiera decentes, lazos de amistad? Ese terror por profundizar. ¿Detesto bucear en las cosas por temor a lo que pueda encontrar en el fondo? miedo ¿a qué?
Lo cierto es que soy una pésima amiga, especialista en defraudar. Nunca estoy en los momentos claves en las vidas de mis casi inexistentes amigos. Nunca hago la llamada a tiempo, nunca envío la tarjeta de cumpleaños, nunca voy al rescate de nadie. Es casi una letanía, enormemente aburrida.
Llega un momento en que pienso que nada de lo que haga podrá recompensar la falta cometida, ese estúpido punto de no retorno y sensación de fracaso. Entonces me llega al tuétano el asunto y me canso de martirizarme con mi deslealtad y mando todo al carajo del stand by. Ahí estamos, mis faltas amicales y yo por un buen tiempo, el suficiente para que mi lado de cerebro que funciona (a medias) reaccione y escriba la carta arrepentida, haga la llamada perdida y desenrede la madeja confundida de los hilos de la amistad, no siempre con éxito, claro.
Cuando era niña recuerdo que a la hora del recreo sufría grandes jaloneos de las niñas que querían estar conmigo (las niñas, a diferencia de los niños, no juegan en los recreos: están con sus amigas) no sé por qué, y a estas alturas no veo qué gracia tendría saberlo, o talvez si ...
A medida que fui creciendo me volví muy selectiva con las personas que se me acercaban, es por eso que nunca fui de las amigueras de la secundaria, universidad, ni de nada.
Producto de aquella "selección natural" comencé a tener a mis "únicas amigas". Se relevaban con el tiempo y el cambio de mis actividades-intereses, nunca podían coexistir, no sé por qué pero así se daban las cosas. Me doy cuenta de una característica no compartida por todas aunque sospechosamente presente: un olor a cierto acaparamiento.
Es así como se sucedieron mis grandes amigas, todas marcando el territorio de lo temporal en mi vida. Mi gran amiga del colegio, mi gran amiga del trabajo, mi gran amiga de la universidad, mi gran amigo del oficio. Los quise y los quiero, pero por una extraña razón (mandada sin dudas por el mal funcionamiento de mi cerebro y que nadie ose contradecirme porque me quedo sin argumentos!) no puedo estar a su altura. No doy la talla.
Es que la amistad, como todas las cosas importantes en esta vida, requiere de algo que no tengo y si lo tengo, seguramente está en cantidades muy limitadas, allá en el fondo de mi alacena existencial: compromiso.
Si pues, lo debo tener en cantidades limitadísimas porque, que yo sepa, sólo me siento comprometida con mi familia chiquita (el Hombre, el niño et moi). Ni siquiera la familia grande (mamá, hermanos) se salva de semejante escasez. Nunca me acuerdo del cumpleaños del primo lejano (ni siquiera del cercano!), no me acuerdo de los cumpleaños y punto, para eso están mis hermanas que se acuerdan hasta del de los vecinos. Casi nunca estoy presente en los bautizos, primeras comuniones, velorios y sus respectivos entierros. No me gustan mucho las reuniones familiares y siempre soy la primera en retirarme, despedida como siempre, por la mirada de desaprobación del resto de la familia que cree firmemente que me incineraré en el infierno del ostracismo. No soporto sentirme forzada a ese tipo de compromiso, Ok! a ningún tipo de compromiso! Sé también, que estoy condenada al futuro desapego al que hoy someto a mi familia grande. A mis amigos.
¿Pienso quedarme así? Me encantaría decir que si (sólo por mantener mi estatus de tontuela que tanto me costó adquirir) pero no. Quiero creer que el Compromiso es algo así como un músculo, que se puede ejercitar, expandir y contraer según la necesidad. La necesidad de mantener a mis amigos, por ejemplo, no es poca cosa y si para ello tengo que pasarme la vida entera en el gimnasio (con lo que lo detesto!) lo haré, a veces a regañadientes, pero lo haré.
Entonces, premunida de mis mallas y leotard de rigor (como odio el gimnasio, pretenderé estar en una clase de ballet) respiro, caliento ... y marco de nuevo.
Estoy inútilmente marcando su cel para saludarlo después de haberme adelantado ayer. Es que recién hoy es su cumpleaños y ni cuenta me dí, marqué su cel y él, tan lindo, agradeció mi saludo seguramente pensando que peor es nada. Y se supone que es un gran amigo mío, yo, que casi no tengo amigos.
En realidad lo raro sería llamarlo el mismo día; nunca la achunto con mis amigos. Una cuenta pendiente, al parecer de por vida. Si en algo soy buena, es en fallarle a mis amigos.
¿Será que la superficialidad, mi leal compañera, me impide mantener unos, siquiera decentes, lazos de amistad? Ese terror por profundizar. ¿Detesto bucear en las cosas por temor a lo que pueda encontrar en el fondo? miedo ¿a qué?
Lo cierto es que soy una pésima amiga, especialista en defraudar. Nunca estoy en los momentos claves en las vidas de mis casi inexistentes amigos. Nunca hago la llamada a tiempo, nunca envío la tarjeta de cumpleaños, nunca voy al rescate de nadie. Es casi una letanía, enormemente aburrida.
Llega un momento en que pienso que nada de lo que haga podrá recompensar la falta cometida, ese estúpido punto de no retorno y sensación de fracaso. Entonces me llega al tuétano el asunto y me canso de martirizarme con mi deslealtad y mando todo al carajo del stand by. Ahí estamos, mis faltas amicales y yo por un buen tiempo, el suficiente para que mi lado de cerebro que funciona (a medias) reaccione y escriba la carta arrepentida, haga la llamada perdida y desenrede la madeja confundida de los hilos de la amistad, no siempre con éxito, claro.
Cuando era niña recuerdo que a la hora del recreo sufría grandes jaloneos de las niñas que querían estar conmigo (las niñas, a diferencia de los niños, no juegan en los recreos: están con sus amigas) no sé por qué, y a estas alturas no veo qué gracia tendría saberlo, o talvez si ...
A medida que fui creciendo me volví muy selectiva con las personas que se me acercaban, es por eso que nunca fui de las amigueras de la secundaria, universidad, ni de nada.
Producto de aquella "selección natural" comencé a tener a mis "únicas amigas". Se relevaban con el tiempo y el cambio de mis actividades-intereses, nunca podían coexistir, no sé por qué pero así se daban las cosas. Me doy cuenta de una característica no compartida por todas aunque sospechosamente presente: un olor a cierto acaparamiento.
Es así como se sucedieron mis grandes amigas, todas marcando el territorio de lo temporal en mi vida. Mi gran amiga del colegio, mi gran amiga del trabajo, mi gran amiga de la universidad, mi gran amigo del oficio. Los quise y los quiero, pero por una extraña razón (mandada sin dudas por el mal funcionamiento de mi cerebro y que nadie ose contradecirme porque me quedo sin argumentos!) no puedo estar a su altura. No doy la talla.
Es que la amistad, como todas las cosas importantes en esta vida, requiere de algo que no tengo y si lo tengo, seguramente está en cantidades muy limitadas, allá en el fondo de mi alacena existencial: compromiso.
Si pues, lo debo tener en cantidades limitadísimas porque, que yo sepa, sólo me siento comprometida con mi familia chiquita (el Hombre, el niño et moi). Ni siquiera la familia grande (mamá, hermanos) se salva de semejante escasez. Nunca me acuerdo del cumpleaños del primo lejano (ni siquiera del cercano!), no me acuerdo de los cumpleaños y punto, para eso están mis hermanas que se acuerdan hasta del de los vecinos. Casi nunca estoy presente en los bautizos, primeras comuniones, velorios y sus respectivos entierros. No me gustan mucho las reuniones familiares y siempre soy la primera en retirarme, despedida como siempre, por la mirada de desaprobación del resto de la familia que cree firmemente que me incineraré en el infierno del ostracismo. No soporto sentirme forzada a ese tipo de compromiso, Ok! a ningún tipo de compromiso! Sé también, que estoy condenada al futuro desapego al que hoy someto a mi familia grande. A mis amigos.
¿Pienso quedarme así? Me encantaría decir que si (sólo por mantener mi estatus de tontuela que tanto me costó adquirir) pero no. Quiero creer que el Compromiso es algo así como un músculo, que se puede ejercitar, expandir y contraer según la necesidad. La necesidad de mantener a mis amigos, por ejemplo, no es poca cosa y si para ello tengo que pasarme la vida entera en el gimnasio (con lo que lo detesto!) lo haré, a veces a regañadientes, pero lo haré.
Entonces, premunida de mis mallas y leotard de rigor (como odio el gimnasio, pretenderé estar en una clase de ballet) respiro, caliento ... y marco de nuevo.
viernes, 14 de agosto de 2009
He
He puesto a hervir unas hojas de eucalipto para darle la bienvenida al fin de semana; en la radio suena Santana y me trae recuerdos de la tía hippie que ahora vive en Europa. La recuerdo siempre tan estrambótica, creo que fue el único miembro de mi familia que fumaba marihuana. Su casa siempre olía a incienso y el desorden reinaba en cada rincón. Tengo la impresión que la gente más interesante de este mundo es desordenada (tengo la ilusión y la esperanza!). Siempre he sospechado de los seres ordenados, los admiro, pero sospecho de ellos.
He bailado desnuda, como siempre antes y después del baño. Pasando revista a cada pedazo de mi carcasa veo el paso del tiempo sobre mi amado cuerpo y aunque suelo ser muy crítica (¡por una cuestión de buen gusto!) al final termino reconciliándome con él. Sí, lo pienso bien y teniendo en cuenta que es el único que tengo y que tendré por el resto de mis días ... no está mal. Me ha dado grandes satisfacciones ... bueno, a mi y a algunos por ahí.
He dibujado mi máscara sobre la desolación de mi rostro mañanero. Tengo un rostro que no hace juego con mi carácter, ¡debería tener más cejas! (¡más ojos, menos nariz ...!), es por eso que cada mañana refuerzo a punta de lápiz y con gran esmero lo que será mi expresión del día. Si me siento bien, con lápiz de cejas, delineador de ojos y color en los labios bastará. Si me siento abatida por la injusticia de haber nacido fea, se impone toda la artillería de mi oficio de maquilladora, para el que, modestia aparte, soy buena.
He modelado frente al espejo el millón de ropa que tengo en el ropero y que casi nunca uso. Siempre la misma pose, el mismo lado de la cara, ¡es que no hay otro!. Tengo un ángulo pequeñísimo, casi microscópico, que resulta fotogénico. Es por eso que cada vez que detecto una cámara (con lo que me gustan las fotos!!) tengo que hacer malabares para ponerme en posición y cambiar de sitio con el que haya usurpado mi lugar. El resultado es el mismo: siempre la misma foto que se repite hasta el infinito.
He preparado café.
He saludado a los cuchis (los periquitos australianos del niño que son míos en secreto) y los he alimentado. Los tenemos hace dos años y hasta ahora no se habían reproducido. Las cosas estaban así: Pedrito, gay. Greisy, una amargada que odia a los machos. Turqui el macho alfa que le sacaba la michi al pobre Pedro, tan delicadito. Sol, la resbalosa.
Se suponía que los periquitos son monógamos y demás hierbas pero parece que Sol no leyó eso porque se daba besos con Pedrito (que resultó Bi) y también con Turqui, el resultado: Bebé.
Bebé nació la primera semana de Julio y es mi adoración.
Como la señora Sol tenía tremendos antecedentes fue un problema decidir con qué macho aislarla. Por cuestión de colores la separamos con Pedrito, pensando que el papel de futuro padre reafirmaría su virilidad. Sol es de un amarillo fulminante, Pedro es verde. Turqui , turquesa (obvio ¿no?) y la amarg... perdón, Greysi es celeste.
Bebé salió turquesa.
Cambio en el equipo, Pedro regresó con la solterona y Turqui resultó tan buen padre que hasta perdió algunas plumas del cuello. Pero ahí no termina la telenovela. Hay dos huevos en el nido, empollados por Sol ... que ahora se besuquea con Pedro delante del pobre y calvo Turqui.
He mirado alrededor, constatando que tengo que limpiar. He prendido la computadora.
He bailado desnuda, como siempre antes y después del baño. Pasando revista a cada pedazo de mi carcasa veo el paso del tiempo sobre mi amado cuerpo y aunque suelo ser muy crítica (¡por una cuestión de buen gusto!) al final termino reconciliándome con él. Sí, lo pienso bien y teniendo en cuenta que es el único que tengo y que tendré por el resto de mis días ... no está mal. Me ha dado grandes satisfacciones ... bueno, a mi y a algunos por ahí.
He dibujado mi máscara sobre la desolación de mi rostro mañanero. Tengo un rostro que no hace juego con mi carácter, ¡debería tener más cejas! (¡más ojos, menos nariz ...!), es por eso que cada mañana refuerzo a punta de lápiz y con gran esmero lo que será mi expresión del día. Si me siento bien, con lápiz de cejas, delineador de ojos y color en los labios bastará. Si me siento abatida por la injusticia de haber nacido fea, se impone toda la artillería de mi oficio de maquilladora, para el que, modestia aparte, soy buena.
He modelado frente al espejo el millón de ropa que tengo en el ropero y que casi nunca uso. Siempre la misma pose, el mismo lado de la cara, ¡es que no hay otro!. Tengo un ángulo pequeñísimo, casi microscópico, que resulta fotogénico. Es por eso que cada vez que detecto una cámara (con lo que me gustan las fotos!!) tengo que hacer malabares para ponerme en posición y cambiar de sitio con el que haya usurpado mi lugar. El resultado es el mismo: siempre la misma foto que se repite hasta el infinito.
He preparado café.
He saludado a los cuchis (los periquitos australianos del niño que son míos en secreto) y los he alimentado. Los tenemos hace dos años y hasta ahora no se habían reproducido. Las cosas estaban así: Pedrito, gay. Greisy, una amargada que odia a los machos. Turqui el macho alfa que le sacaba la michi al pobre Pedro, tan delicadito. Sol, la resbalosa.
Se suponía que los periquitos son monógamos y demás hierbas pero parece que Sol no leyó eso porque se daba besos con Pedrito (que resultó Bi) y también con Turqui, el resultado: Bebé.
Bebé nació la primera semana de Julio y es mi adoración.
Como la señora Sol tenía tremendos antecedentes fue un problema decidir con qué macho aislarla. Por cuestión de colores la separamos con Pedrito, pensando que el papel de futuro padre reafirmaría su virilidad. Sol es de un amarillo fulminante, Pedro es verde. Turqui , turquesa (obvio ¿no?) y la amarg... perdón, Greysi es celeste.
Bebé salió turquesa.
Cambio en el equipo, Pedro regresó con la solterona y Turqui resultó tan buen padre que hasta perdió algunas plumas del cuello. Pero ahí no termina la telenovela. Hay dos huevos en el nido, empollados por Sol ... que ahora se besuquea con Pedro delante del pobre y calvo Turqui.
He mirado alrededor, constatando que tengo que limpiar. He prendido la computadora.
lunes, 3 de agosto de 2009
¿Dónde estás Morfeo?
No puedo dormir. Entre las vacaciones forzadas del niño y mi nueva aventura cuasilaboral no he tenido tiempo de pasar por aquí. Ahora aprovecho que los chicos duermen y la máquina está solita para manosearla un rato.
Acaba de apagarse el motor de la refri y el silencio se impone ... claro que a lo lejos los ronquidos del Hombre siguen marcando territorio.
En medio de esta extraña y pasajera soledad se vienen a mi desvelada mente algunas cosas.
* Estoy feliz con el regreso (¡en grande!) del vóley pero no dejo de rumiar la mala suerte de tener que soportar al tal Butters y sus bodegueros comentarios (con perdón de los bodegueros pero no se me ocurre otra cosa, hace tiempo que no escribo ...) tan repetitivos, simplones y sexistas comentarios; porque escuchar una vez la alusión al totorrete de la señorita Uceda puede pasar como una pequeña muestra del nivel del periodismo deportivo peruano (taaan profesional y elegante!), pero escucharlo cada vez que la niña agarra pelota y encima con el agregado del narrador ... Nooo, piedad! Es que el hombre cree que está en la sala de su casa con sus amigotes de barrio y por lo menos media caja de chela en la cabeza. ¿Porqué Frecuencia Latina no se pone a la altura y aumentando el presupuesto, contrata a un profesional especialista en vóley? dicho sea de paso y ya que estoy en tono rajeril, ¿porqué los broadcasters locales (que en peruano se refiere más a los que administran los canales que a los que están frente a la cámara) piensan siempre que el haber sido deportista califica a cualquiera para ser un buen comunicador y es así como tenemos que soplarnos las risitas y las cuatro palabras de las viejas glorias de Seúl 88?
No puedo dejar de recordar cuando en la universidad jugábamos a reconocer a los que terminarían como periodistas deportivos. Era fácil reconocerlos: mediocres notas pero un floro de campeonato. Apasionados, melosos y monotemáticos; desayunaban, almorzaban y cenaban fútbol. Sensibleros, patrioteros y fabricantes de ídolos: fanáticos.
Estos días he estado prendida de la tele viendo todo el vóley que me debían pero no es justo; es el único deporte que sigo ... ¡¿por qué tengo que soportar a Phillip Butters?!
* Hablando de tener que soportar ... je je ... no es por nada pero ¿no cree alguien que ya estuvo bueno eso de las vacaciones por la gripe A(H1N1)?
Que no se me malinterprete, yo adoro a mi hijo (¡realmente lo amo!) pero he descubierto, no sin dolor (de cabeza especialmente!) que una cosa son las vacaciones en el verano, cuando el niño para tooodo el día en la calle o estamos en la otra casa y se pasa tooodo el día en la piscina y bueno, casi no nos vemos ...
El invierno es cruel. Obliga a los niños a quedarse en casa, torturando sin intención (...?...) a sus abnegadas y enclaustradas madres. No sé pero he experimentado en estas semanas un profundo amor por el colegio del niño.
(es la misma persona que escribe, la que soltará el lagrimón cuando la movilidad se lleve a su engendro al colegio la próxima semana, porque así de extraña y psicodélica es la maternidad y el que nunca vivió en este barrio no sabe lo que se pierde ... ni lo que se sufre, caracho!)
* Esto del taller de tejido me está gustando un chupo. El año pasado, a estas alturas, también estaba tejiendo (claro, no tanto!) y me la pasaba re-bien viendo pelis, tomando café y bien abrigadita en el sofá con los palitos en las manos; por supuesto que con la culpa de ser una mantenida pero afrontando con estoicismo el trance. Este año las cosas han cambiado. No puedo evitar sentirme algo así como realizada cuando recibo el dinerillo producto de las ventas de mis diseños. Todavía no llega el "chorreo" pero las gotas han sido suficientes como para alimentar al chanchito que espera en la alacena por el martillazo que a su vez lo realizará a él. Y, cómo no, para aumentar la colección de botas para desesperación del zapatero que ya no puede cerrar sus puertas.
Ya cerramos la temporada de Invierno y nos preparamos para la Primavera. Yo sólo espero que la perseverancia se deje de huevadas y se instale de una vez por todas en mis dominios.
Tengo un millón de cosas más por comentar pero siento movimiento en el cuarto y un atisbo de sueño que se cuela por mi ojo derecho. La noche está serena. Con un simple movimiento he pasado revista a mi diminuto hogar y el motor de la refri se ha puesto a funcionar nuevamente conminandome a arrastrar mi, ahora sí, cansado cuerpo hacia el lecho nupcial donde me espera mi amor.
Ah! ahí estabas Morfeo.
Acaba de apagarse el motor de la refri y el silencio se impone ... claro que a lo lejos los ronquidos del Hombre siguen marcando territorio.
En medio de esta extraña y pasajera soledad se vienen a mi desvelada mente algunas cosas.
* Estoy feliz con el regreso (¡en grande!) del vóley pero no dejo de rumiar la mala suerte de tener que soportar al tal Butters y sus bodegueros comentarios (con perdón de los bodegueros pero no se me ocurre otra cosa, hace tiempo que no escribo ...) tan repetitivos, simplones y sexistas comentarios; porque escuchar una vez la alusión al totorrete de la señorita Uceda puede pasar como una pequeña muestra del nivel del periodismo deportivo peruano (taaan profesional y elegante!), pero escucharlo cada vez que la niña agarra pelota y encima con el agregado del narrador ... Nooo, piedad! Es que el hombre cree que está en la sala de su casa con sus amigotes de barrio y por lo menos media caja de chela en la cabeza. ¿Porqué Frecuencia Latina no se pone a la altura y aumentando el presupuesto, contrata a un profesional especialista en vóley? dicho sea de paso y ya que estoy en tono rajeril, ¿porqué los broadcasters locales (que en peruano se refiere más a los que administran los canales que a los que están frente a la cámara) piensan siempre que el haber sido deportista califica a cualquiera para ser un buen comunicador y es así como tenemos que soplarnos las risitas y las cuatro palabras de las viejas glorias de Seúl 88?
No puedo dejar de recordar cuando en la universidad jugábamos a reconocer a los que terminarían como periodistas deportivos. Era fácil reconocerlos: mediocres notas pero un floro de campeonato. Apasionados, melosos y monotemáticos; desayunaban, almorzaban y cenaban fútbol. Sensibleros, patrioteros y fabricantes de ídolos: fanáticos.
Estos días he estado prendida de la tele viendo todo el vóley que me debían pero no es justo; es el único deporte que sigo ... ¡¿por qué tengo que soportar a Phillip Butters?!
* Hablando de tener que soportar ... je je ... no es por nada pero ¿no cree alguien que ya estuvo bueno eso de las vacaciones por la gripe A(H1N1)?
Que no se me malinterprete, yo adoro a mi hijo (¡realmente lo amo!) pero he descubierto, no sin dolor (de cabeza especialmente!) que una cosa son las vacaciones en el verano, cuando el niño para tooodo el día en la calle o estamos en la otra casa y se pasa tooodo el día en la piscina y bueno, casi no nos vemos ...
El invierno es cruel. Obliga a los niños a quedarse en casa, torturando sin intención (...?...) a sus abnegadas y enclaustradas madres. No sé pero he experimentado en estas semanas un profundo amor por el colegio del niño.
(es la misma persona que escribe, la que soltará el lagrimón cuando la movilidad se lleve a su engendro al colegio la próxima semana, porque así de extraña y psicodélica es la maternidad y el que nunca vivió en este barrio no sabe lo que se pierde ... ni lo que se sufre, caracho!)
* Esto del taller de tejido me está gustando un chupo. El año pasado, a estas alturas, también estaba tejiendo (claro, no tanto!) y me la pasaba re-bien viendo pelis, tomando café y bien abrigadita en el sofá con los palitos en las manos; por supuesto que con la culpa de ser una mantenida pero afrontando con estoicismo el trance. Este año las cosas han cambiado. No puedo evitar sentirme algo así como realizada cuando recibo el dinerillo producto de las ventas de mis diseños. Todavía no llega el "chorreo" pero las gotas han sido suficientes como para alimentar al chanchito que espera en la alacena por el martillazo que a su vez lo realizará a él. Y, cómo no, para aumentar la colección de botas para desesperación del zapatero que ya no puede cerrar sus puertas.
Ya cerramos la temporada de Invierno y nos preparamos para la Primavera. Yo sólo espero que la perseverancia se deje de huevadas y se instale de una vez por todas en mis dominios.
Tengo un millón de cosas más por comentar pero siento movimiento en el cuarto y un atisbo de sueño que se cuela por mi ojo derecho. La noche está serena. Con un simple movimiento he pasado revista a mi diminuto hogar y el motor de la refri se ha puesto a funcionar nuevamente conminandome a arrastrar mi, ahora sí, cansado cuerpo hacia el lecho nupcial donde me espera mi amor.
Ah! ahí estabas Morfeo.
miércoles, 1 de julio de 2009
Brillo solar
El sol se cuela por el mes de Julio. Me encanta este mes, me gustan las Fiestas Patrias. Me gusta recordar, con el niño, mi infancia de banderitas y escarapelas. Aunque la vida luego se encargue de darte el pasaporte que desees, qué se yo: Perú, España, Planeta Tierra (el mío!) o ninguno; es bueno tener un pasado patriótico. Me encantan las calles blanquirrojas. Me fascina el ondear de las banderas al viento, no me canso de verlas, me detengo en cualquier lugar y las miro con agradecida alegría, lo que aumenta mi bagaje ridículo pero qué se hace!
Debería estar tejiendo (o lavando!) pero prefiero este rincón, por ahora. En cualquier momento me viene el ataque de pánico y, cual robotina, me disfrazo de ama de casa y voy al mercado-meto la ropa a la lavadora-paso la escoba-pongo una peli en el DVD ...
Tengo un dolorcillo en la cintura, producto del descanso al que fui sometida durante el fin de semana, de hamaca, campeonatos de Trompo y Tiro al Blanco. Al fin me salió el asunto de bailar el trompo, bueno, aunque fueran sólo cuatro de ... mil intentos! ahora puedo decir que no sólo bailo como trompo, también sé hacer bailar el trompo!. De esas cosas realmente importantes que hay que aprender en la vida.
El niño está feliz. La próxima vez que vayamos a la otra casa, continuaremos los campeonatos intensivos, con premios multimillonarios: monedas para el trompo, y chicles/frunas/snacks para el tiro al blanco. Regresamos con una bolsota de chatarritas que hemos guardado para el magno evento de Julio: El estreno de Harry Potter y el misterio del príncipe!
Los tres estamos con el countdown de rigor. El niño se mete a la cama con su librote y a pesar del millón de vistas, todavía no se cansa de ver cuanto tráiler (oficial o los otros: los de los fans, que suelen ser más creativos) aparezca en la red.
Este es el panorama por aquí. Tan lejos de Bagua y el Congreso, bloqueos y asesinatos. Seguramente si creyera en el infierno, habría uno aguardando por mi y mi asquerosa indiferencia. Hoy sólo sé que salió el sol y se coló en el primer día de Julio.
Voy por pasos.
Debería estar tejiendo (o lavando!) pero prefiero este rincón, por ahora. En cualquier momento me viene el ataque de pánico y, cual robotina, me disfrazo de ama de casa y voy al mercado-meto la ropa a la lavadora-paso la escoba-pongo una peli en el DVD ...
Tengo un dolorcillo en la cintura, producto del descanso al que fui sometida durante el fin de semana, de hamaca, campeonatos de Trompo y Tiro al Blanco. Al fin me salió el asunto de bailar el trompo, bueno, aunque fueran sólo cuatro de ... mil intentos! ahora puedo decir que no sólo bailo como trompo, también sé hacer bailar el trompo!. De esas cosas realmente importantes que hay que aprender en la vida.
El niño está feliz. La próxima vez que vayamos a la otra casa, continuaremos los campeonatos intensivos, con premios multimillonarios: monedas para el trompo, y chicles/frunas/snacks para el tiro al blanco. Regresamos con una bolsota de chatarritas que hemos guardado para el magno evento de Julio: El estreno de Harry Potter y el misterio del príncipe!
Los tres estamos con el countdown de rigor. El niño se mete a la cama con su librote y a pesar del millón de vistas, todavía no se cansa de ver cuanto tráiler (oficial o los otros: los de los fans, que suelen ser más creativos) aparezca en la red.
Este es el panorama por aquí. Tan lejos de Bagua y el Congreso, bloqueos y asesinatos. Seguramente si creyera en el infierno, habría uno aguardando por mi y mi asquerosa indiferencia. Hoy sólo sé que salió el sol y se coló en el primer día de Julio.
Voy por pasos.
lunes, 22 de junio de 2009
Dos viejos en el parque...
... caminando/apoyándose juntos. Desde hace algunos días los he visto y, en medio del ajetreo de mi nueva vida de Oh!ciosidad solapada (porque esto de vender lo que tejo es sólo otra forma de seguir viendo películas desde el abrigo de mi sofá con cierta justificación para ablandar la conciencia) he postergado la reflexión, el pie de foto.
Sin tiempo para hacerlo ahora, sólo quiero decir algo.
No sé cómo venga mi vida más adelante, no sé cómo me acompañe el cuerpo, ni siquiera sé si algún día cortaré el cordón umbilical que me ata al niño de esta manera tan melodramática (porque mi amor no sabe mucho de paz y sosiego, mi amor es tempestuoso y despiadado, sólo se calma cuando el niño duerme y yo lo admiro como la maravilla que es), no sé si algún día terminaré de encontrarme en medio del adolescente desorden de mi vida, de cama tapada y sábanas revueltas.
Viendo a esos viejos, caminando por mi parque en una mañana de invierno, como el invierno de sus propias vidas, a mi me entra un frío en el alma ...
No sé si quisiera verme en esa foto. Sólo pienso en el futuro cuando, en medio de la noche, me despiertan los rugidos del Hombre y ya no puedo volver a dormir. Y los pensamientos taladran mi cabeza, tan llena de sonseritas durante el día, y la verdadera ciencia-ficción da comienzo. Me aterra pensar de noche. Por las noches sólo asoman las sombras siniestras que bailan con mi otro yo una danza macabra, un tenebroso pas-de-deux que me excluye totalmente. No me gusta la música de ese baile, habría que matar al DJ, pienso para distraerme.
Se une al baile el niño (grande) que me odia por haber sido una madre tan incompetente y haberle jodido su vida sentimental con mi amor desbordante. Están también los cadáveres de mis seres queridos (ni siquiera me atrevo a nombrarlos) mirándome sin ojos. Yo quiero sacar a bailar al Hombre pero no lo encuentro y cruzo el salón evitando penas y enfermedades que bailan alocadas y, con la misma piedra en el pecho que me acompaña todas las noches de insomnio, llego cansada a una gran ventana desde donde se ve el parque. Ahí está el Hombre. Paseando de la mano con una vieja.
Entonces, sólo entonces, quisiera estar en esa foto. Tomar su vieja mano, poner su brazo sobre mis hombros y caminar sintiendo cómo su respiración calienta mi helada oreja.
Sin tiempo para hacerlo ahora, sólo quiero decir algo.
No sé cómo venga mi vida más adelante, no sé cómo me acompañe el cuerpo, ni siquiera sé si algún día cortaré el cordón umbilical que me ata al niño de esta manera tan melodramática (porque mi amor no sabe mucho de paz y sosiego, mi amor es tempestuoso y despiadado, sólo se calma cuando el niño duerme y yo lo admiro como la maravilla que es), no sé si algún día terminaré de encontrarme en medio del adolescente desorden de mi vida, de cama tapada y sábanas revueltas.
Viendo a esos viejos, caminando por mi parque en una mañana de invierno, como el invierno de sus propias vidas, a mi me entra un frío en el alma ...
No sé si quisiera verme en esa foto. Sólo pienso en el futuro cuando, en medio de la noche, me despiertan los rugidos del Hombre y ya no puedo volver a dormir. Y los pensamientos taladran mi cabeza, tan llena de sonseritas durante el día, y la verdadera ciencia-ficción da comienzo. Me aterra pensar de noche. Por las noches sólo asoman las sombras siniestras que bailan con mi otro yo una danza macabra, un tenebroso pas-de-deux que me excluye totalmente. No me gusta la música de ese baile, habría que matar al DJ, pienso para distraerme.
Se une al baile el niño (grande) que me odia por haber sido una madre tan incompetente y haberle jodido su vida sentimental con mi amor desbordante. Están también los cadáveres de mis seres queridos (ni siquiera me atrevo a nombrarlos) mirándome sin ojos. Yo quiero sacar a bailar al Hombre pero no lo encuentro y cruzo el salón evitando penas y enfermedades que bailan alocadas y, con la misma piedra en el pecho que me acompaña todas las noches de insomnio, llego cansada a una gran ventana desde donde se ve el parque. Ahí está el Hombre. Paseando de la mano con una vieja.
Entonces, sólo entonces, quisiera estar en esa foto. Tomar su vieja mano, poner su brazo sobre mis hombros y caminar sintiendo cómo su respiración calienta mi helada oreja.
miércoles, 20 de mayo de 2009
De cielo nublado y palitos de tejer
Al fin se tapó el sol, es que ya estaba haaaaarta de tanto brillo. No es que no me guste el sol, lo adoro, lo que pasa es que a estas alturas del año la "panza de burro" ya debiera estar instalada sobre la ciudad, ¿qué clase de Lima es esta que, bien metida en el mes de Mayo, todavía sigue con el sol del verano?
Debo aclarar que en este lado de la ciudad, donde están sentadas (que no asentadas) mis amplias bases, el sol suele ser un "caserito", pero eso no impide que seamos bañados por la misma panza que el resto de la gran Lima.
Hoy no. Aunque delgada y translúcida, la capa équida, está sobre mi cabeza, conminándome a tomar otra taza de café y encaminando mis pasos hacia este rincón de mis dominios tan abandonado últimamente.
Por estos días mi atención ha estado centrada en la creación de nuevas formas de abrigarnos sin perder un ápice de glamour en el intento: sí, tejer!
Junto a mi mami y hermanas, hemos resucitado el viejo taller familiar de donde salían chompas, ponchos, chalinas y casi cualquier cosa que se pueda hacer con una máquina de tejer, palitos y crochet. Por estos días nos encontramos tejiendo nuestras redes en la vieja tradición legada amorosamente por nuestra madre, algo así como el regreso de las arañas.
El afán ha sido tal, que hemos contagiado a los niños y durante estas vacaciones de primer bimestre, se instauró la hora del Club del Tejido. Durante la semana pasada, a las 6 de la tarde en punto, los niños (el enanito, un amiguito y su prima Jose) se sentaban en la sala y bien premunidos con palitos y lanas acometían la labor. Si he de ser sincera, la tejedera sólo duraba unos minutos, luego de los cuales el Club del Tejido se transformaba en el Club de los Jedis ... y los chicos terminaban correteando a la niña que escapaba de los filudos palitos-espadas láser muerta de risa.
Otra cosa que resucitamos fue el Desfile. A fines de los ochenta y comienzos de los noventa, cuando el taller estaba en pleno apogeo, instauramos la costumbre de organizar una pequeña "pasarela" en la sala de la casa. Por supuesto que yo fungía de Top Model en aquel amago de Fashion Week de barrio. Por nuestra pasarela desfilaron todas las amigas largiruchas, flacuchas y despistadas que asomaban por la casa. Cuando veo las fotos de aquellos días, me divierto horrores descubriendo la cantidad de amigas que cayeron en nuestras redes, felizmente, jamás literalmente.
Recuerdo que antes de comenzar el desfile, me secaba la jarra con el coctelito de fresa que nos subían a las "modelos" mientras esperábamos que se llene la sala para empezar. No recuerdo haberme sentido nunca tan nerviosa como en esos previos, imagino que por eso nunca terminé de emborracharme si se tiene en cuenta la cantidad de Pisco que, a esas alturas, corría por mis venas. Maldecía el momento en el que gracias a mi angurria y deseos de figuración, me adjudicaba la mayor cantidad de pasadas por la pasarela. Mientras los segundos para el inicio se acercaban yo seguía exprimiendo la dichosa jarra sin dejar de desplegar todo mi verbo florido, por supuesto. Para remate, obviamente que era yo quien encabezaba el desfile.
Ese segundo piso era un hervidero de nervios, gritos contenidos, ajetreos y enredos con la ropa, zapatos y accesorios. Abajo, en los últimos desfiles que hicimos, ya estaba el Hombre instalado al lado del equipo con la música apropiada. Más allá, papá ... con su vaso de whisky y su sonrisota aderezada de orgullo cada vez que pasaba a su lado ... y, cuando mis nervios estaban en su clímax y parecía que iba mandar todo a la mierda, Zaz!: "Fabu, tu turno" ...
Este año lo volvimos a hacer. Cuando bajé por las escaleras en mi primera pasada, alguien dijo por ahí: "Aquí está Fabu, quien se rehúsa a dejar las pasarelas..."
Si pues: me rehúso! y si no puedo ser Top Model de mi propia línea de ropa, no le veo la gracia al asunto. En los previos al desfile (backstage, que le dicen) les decía a mis sobrinas, las actuales reinas de la pasarela familiar, que la última vez que salí a modelar, era un palo, todavía no me había casado y modelaba la línea juvenil; ahora, el palo se ha rellenado (muy convenientemente a decir del Hombre), no sólo estoy casada: tengo cachorro, y mis pasadas son con la ropa más formal ... Ok! ... de señoras!!
Debo reconocer que ahora no me provoca hacer otra cosa más que tejer, he dejado de escribir (sólo contesto correos), de leer, aunque no de ver películas: ventajas del tejido que te permite acurrucarte en el sofá y, mientras creas abrigo, destejer las tramas de las historias frente a la pantalla del televisor.
El niño aprendió a tejer hace dos años, era la sensación de la casa y alrededores; luego de varias chalinas (para papá, mamá y Mario Bros!) todavía le gusta, aunque le da "roche" que se enteren fuera de la casa y de su mejor amigo, que por cierto: también teje!. Hasta ahí me doy por satisfecha. Le he legado la tradición que llegó a nosotras por la Araña-Madre, un legado que va más allá de unas madejas y unos palitos que se encuentran y transforman en nuestras manos, algo así como una red, que sin pretenderlo, nos mantiene unidas a nuestra madre, como el cordón umbilical que no podemos cortar, que no queremos cortar.
Debo aclarar que en este lado de la ciudad, donde están sentadas (que no asentadas) mis amplias bases, el sol suele ser un "caserito", pero eso no impide que seamos bañados por la misma panza que el resto de la gran Lima.
Hoy no. Aunque delgada y translúcida, la capa équida, está sobre mi cabeza, conminándome a tomar otra taza de café y encaminando mis pasos hacia este rincón de mis dominios tan abandonado últimamente.
Por estos días mi atención ha estado centrada en la creación de nuevas formas de abrigarnos sin perder un ápice de glamour en el intento: sí, tejer!
Junto a mi mami y hermanas, hemos resucitado el viejo taller familiar de donde salían chompas, ponchos, chalinas y casi cualquier cosa que se pueda hacer con una máquina de tejer, palitos y crochet. Por estos días nos encontramos tejiendo nuestras redes en la vieja tradición legada amorosamente por nuestra madre, algo así como el regreso de las arañas.
El afán ha sido tal, que hemos contagiado a los niños y durante estas vacaciones de primer bimestre, se instauró la hora del Club del Tejido. Durante la semana pasada, a las 6 de la tarde en punto, los niños (el enanito, un amiguito y su prima Jose) se sentaban en la sala y bien premunidos con palitos y lanas acometían la labor. Si he de ser sincera, la tejedera sólo duraba unos minutos, luego de los cuales el Club del Tejido se transformaba en el Club de los Jedis ... y los chicos terminaban correteando a la niña que escapaba de los filudos palitos-espadas láser muerta de risa.
Otra cosa que resucitamos fue el Desfile. A fines de los ochenta y comienzos de los noventa, cuando el taller estaba en pleno apogeo, instauramos la costumbre de organizar una pequeña "pasarela" en la sala de la casa. Por supuesto que yo fungía de Top Model en aquel amago de Fashion Week de barrio. Por nuestra pasarela desfilaron todas las amigas largiruchas, flacuchas y despistadas que asomaban por la casa. Cuando veo las fotos de aquellos días, me divierto horrores descubriendo la cantidad de amigas que cayeron en nuestras redes, felizmente, jamás literalmente.
Recuerdo que antes de comenzar el desfile, me secaba la jarra con el coctelito de fresa que nos subían a las "modelos" mientras esperábamos que se llene la sala para empezar. No recuerdo haberme sentido nunca tan nerviosa como en esos previos, imagino que por eso nunca terminé de emborracharme si se tiene en cuenta la cantidad de Pisco que, a esas alturas, corría por mis venas. Maldecía el momento en el que gracias a mi angurria y deseos de figuración, me adjudicaba la mayor cantidad de pasadas por la pasarela. Mientras los segundos para el inicio se acercaban yo seguía exprimiendo la dichosa jarra sin dejar de desplegar todo mi verbo florido, por supuesto. Para remate, obviamente que era yo quien encabezaba el desfile.
Ese segundo piso era un hervidero de nervios, gritos contenidos, ajetreos y enredos con la ropa, zapatos y accesorios. Abajo, en los últimos desfiles que hicimos, ya estaba el Hombre instalado al lado del equipo con la música apropiada. Más allá, papá ... con su vaso de whisky y su sonrisota aderezada de orgullo cada vez que pasaba a su lado ... y, cuando mis nervios estaban en su clímax y parecía que iba mandar todo a la mierda, Zaz!: "Fabu, tu turno" ...
Este año lo volvimos a hacer. Cuando bajé por las escaleras en mi primera pasada, alguien dijo por ahí: "Aquí está Fabu, quien se rehúsa a dejar las pasarelas..."
Si pues: me rehúso! y si no puedo ser Top Model de mi propia línea de ropa, no le veo la gracia al asunto. En los previos al desfile (backstage, que le dicen) les decía a mis sobrinas, las actuales reinas de la pasarela familiar, que la última vez que salí a modelar, era un palo, todavía no me había casado y modelaba la línea juvenil; ahora, el palo se ha rellenado (muy convenientemente a decir del Hombre), no sólo estoy casada: tengo cachorro, y mis pasadas son con la ropa más formal ... Ok! ... de señoras!!
Debo reconocer que ahora no me provoca hacer otra cosa más que tejer, he dejado de escribir (sólo contesto correos), de leer, aunque no de ver películas: ventajas del tejido que te permite acurrucarte en el sofá y, mientras creas abrigo, destejer las tramas de las historias frente a la pantalla del televisor.
El niño aprendió a tejer hace dos años, era la sensación de la casa y alrededores; luego de varias chalinas (para papá, mamá y Mario Bros!) todavía le gusta, aunque le da "roche" que se enteren fuera de la casa y de su mejor amigo, que por cierto: también teje!. Hasta ahí me doy por satisfecha. Le he legado la tradición que llegó a nosotras por la Araña-Madre, un legado que va más allá de unas madejas y unos palitos que se encuentran y transforman en nuestras manos, algo así como una red, que sin pretenderlo, nos mantiene unidas a nuestra madre, como el cordón umbilical que no podemos cortar, que no queremos cortar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)